Los Ángeles, California.— El BMO Stadium comenzó a cantar antes de que Iron Maiden apareciera en el escenario.
La introducción de “Doctor Doctor” fue suficiente para poner en movimiento a un estadio que ya estaba completamente preparado para recibir a una de las bandas más importantes de la historia del heavy metal. Después llegó “The Ides of March” y, cuando las primeras imágenes y sonidos comenzaron a anunciar la llegada de Maiden, la sensación era la de estar viendo una maquinaria que llevaba décadas perfeccionando exactamente ese momento.
Cuando Bruce Dickinson apareció con el micrófono, el concierto prácticamente ya estaba encendido.
Y Bruce no tardó un segundo en hacerse cargo.
Corre, salta, actúa, señala al público, cambia de posición constantemente y utiliza cada rincón del escenario. Su voz se mantiene firme y poderosa, pero es su manera de interpretar las canciones lo que termina convirtiéndolo en el centro absoluto del espectáculo.
La edad parece no tener demasiado peso cuando Bruce está sobre un escenario.
A sus 68 años, mantiene una energía escénica extraordinaria y una capacidad para involucrar al público que explica por qué Iron Maiden sigue siendo una experiencia tan particular en vivo.
La noche del 25 de septiembre, primera de las dos presentaciones de la banda en el BMO Stadium, formó parte de Run For Your Lives, la gira con la que Iron Maiden celebra cinco décadas de carrera y que concentra su repertorio en los primeros nueve álbumes, desde Iron Maiden de 1980 hasta Fear of the Dark de 1992. Para esta visita a Los Ángeles, la banda estuvo acompañada por Anthrax y Megadeth.
Pero más que una celebración retrospectiva, el concierto terminó funcionando como una demostración de vigencia.



Una historia que todavía se puede tocar
El repertorio fue cuidadosamente construido para recorrer diferentes momentos de la primera etapa de Maiden.
“Murders in the Rue Morgue”, “Wrathchild” y “Killers” aparecieron prácticamente al comienzo, seguidas por “Phantom of the Opera” y “The Number of the Beast”. Después llegaron “Infinite Dreams”, “Powerslave”, “2 Minutes to Midnight” y “Rime of the Ancient Mariner”.
No era simplemente una colección de éxitos.
La gira recuperó canciones que llevaban muchos años sin aparecer en el repertorio habitual, convirtiendo el concierto en una oportunidad para escuchar nuevamente piezas que incluso los seguidores más veteranos habían esperado durante décadas.
Pero hay canciones que tienen una capacidad especial para provocar algo distinto.
“Run to the Hills” sigue siendo una de ellas.
Es una canción que personalmente siempre me llega, y volver a escucharla en un estadio completamente entregado confirmó que algunas composiciones ya no necesitan presentación. Basta con que comiencen para que miles de personas sepan exactamente qué hacer.
Y después llegó “The Trooper”.
Ahí apareció Eddie.
El icónico personaje tomó el escenario y comenzó a interactuar con los músicos mientras Bruce interpretaba la canción vestido para la ocasión. Hay algo particularmente divertido en ver a Iron Maiden jugar con Eddie de esta manera: el personaje es una figura legendaria del metal, pero sobre el escenario también se convierte en parte de la dinámica de la banda.
Los músicos interactúan con él, Bruce juega con el personaje y por unos minutos parece que todos están disfrutando el espectáculo tanto como quienes están frente al escenario.
Esa teatralidad continúa siendo una de las grandes fortalezas de Maiden.

El espectáculo también ha cambiado
Iron Maiden no abandonó la esencia visual que ha acompañado a la banda durante décadas, pero Run For Your Lives incorpora una herramienta que hoy resulta prácticamente inevitable en producciones de esta magnitud: una enorme pantalla que adquiere un papel importante durante buena parte del concierto.
No la sentí como un reemplazo de Eddie, de los vestuarios, del fuego o de los elementos teatrales tradicionales de Maiden.
La sentí como otra manera de contar la historia.
La producción conserva mucho de la estructura de las giras anteriores, pero modifica los visuales y los elementos que acompañan cada canción. Hay fuego, pirotecnia, láseres, iluminación, cambios de vestuario y diferentes escenarios digitales que ayudan a construir la atmósfera de cada pieza.
En un espectáculo diseñado para un estadio y dirigido también a generaciones que han crecido dentro de una cultura cada vez más visual, esa pantalla ya no parece un elemento accesorio. Es parte del lenguaje del concierto.
Y Maiden sabe utilizarla para ampliar su propio universo.
No se trata únicamente de poner imágenes detrás de los músicos. La producción ayuda a trasladar al público entre diferentes épocas y conceptos, mientras Bruce cambia de vestuario y utiliza el escenario como si cada canción fuera una pequeña obra teatral.

Un nuevo hombre detrás de la batería
Hay también una diferencia importante que no puede pasar desapercibida.
Simon Dawson está ocupando el lugar que durante décadas perteneció a Nicko McBrain.
Y sí, se nota.
Nicko es una figura icónica de Iron Maiden y su manera de tocar forma parte inseparable de la identidad histórica de la banda. Pero Dawson no parece estar intentando ocupar ese lugar mediante una imitación.
Su batería es potente, creativa y contundente, y durante el concierto se integra de manera natural con el resto del grupo.
La responsabilidad no es pequeña: tocar detrás de Steve Harris, Dave Murray, Adrian Smith, Janick Gers y Bruce Dickinson implica entrar a una maquinaria musical que prácticamente tiene su propio idioma.
Dawson lo hace con autoridad.
No es Nicko.
Pero tampoco necesita serlo.
Su presencia demuestra que incluso una banda tan identificada con su historia puede cambiar una de sus piezas fundamentales y continuar funcionando con absoluta naturalidad.
Anthrax y Megadeth: una noche que comenzó a puro thrash
Antes de Maiden, el BMO Stadium ya había recibido una dosis considerable de historia del metal.
Anthrax salió primero y, aunque solamente pude ver sus primeras tres canciones desde el PIT, fueron suficientes para confirmar una impresión difícil de ignorar: Anthrax parece no envejecer.
“Hole in the Sky”, “Caught in a Mosh” y “Madhouse” fueron parte del inicio de su presentación, y la banda salió con una energía que inmediatamente puso a trabajar al público. El set completo posteriormente pasó por clásicos como “Metal Thrashing Mad”, “Antisocial”, “Got the Time” e “Indians”.
El sonido fue potente y la actitud de Joey Belladonna y compañía se mantuvo completamente vigente.
Después llegó Megadeth.
También pude ver únicamente las primeras tres canciones desde el PIT, pero el impacto fue inmediato.
Dave Mustaine continúa teniendo una presencia escénica indiscutible y la banda mantiene esa identidad de thrash metal que convirtió a Megadeth en uno de los nombres fundamentales del género.
En lo vocal, sin embargo, percibí cierto desgaste en la voz de Mustaine. No podría asegurar si esa percepción estuvo relacionada con la posición que tenía en el PIT y el sonido que llegaba hasta ahí, así que prefiero dejarlo como una impresión de esa noche y no como una conclusión definitiva sobre su estado vocal.
Lo que sí fue evidente fue el poder de la banda sobre el escenario.
“Devil’s Island”, “Take No Prisoners” y “Hangar 18” fueron suficientes para convertir el estadio en un espacio de thrash antes de que apareciera Maiden. Después, el set continuó con “Sweating Bullets”, “Tipping Point”, “Tornado of Souls”, “Symphony of Destruction”, “Peace Sells” y “Holy Wars… The Punishment Due”.
Por momentos, parecía que Megadeth estaba tocando como si ellos fueran los estelares.
Y eso dice bastante del cartel.
No era simplemente una banda principal acompañada por dos grupos.
Era una noche con tres nombres que ayudaron a construir distintas etapas del metal.

Cinco décadas después
El BMO Stadium estaba completamente lleno.
La mezcla de público era precisamente lo que uno esperaría de una banda con cinco décadas de historia: adultos que probablemente llevan toda la vida escuchando Iron Maiden, jóvenes que descubrieron la banda mucho después de sus primeros discos y familias que comparten esa música entre generaciones.
La primera noche en Los Ángeles incluso tuvo entre sus asistentes a Matt Bellamy, vocalista de Muse, una presencia que me pareció significativa por lo que representa el alcance que Iron Maiden ha conseguido dentro de la música.
No se trata únicamente de seguidores del heavy metal tradicional.
La influencia de Maiden atraviesa generaciones y escenas musicales.
Y quizá esa sea una de las mejores maneras de entender lo que ocurrió en el BMO Stadium.
Iron Maiden podría limitarse a repetir su historia.
Tiene suficiente material para hacerlo durante el resto de su carrera.
En cambio, Run For Your Lives utiliza esa historia como materia prima para construir un espectáculo que sigue perteneciendo al presente.
Bruce Dickinson continúa corriendo por el escenario.
Eddie continúa apareciendo para interactuar con la banda.
Steve Harris sigue marcando el pulso desde el bajo.
Las guitarras de Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers continúan construyendo ese sonido reconocible prácticamente desde la primera nota.
Y ahora Simon Dawson ocupa un lugar que durante décadas perteneció a Nicko McBrain.
La banda cambia, pero la identidad permanece.
Eso fue quizá lo que más me dejó el concierto.
Iron Maiden no parece estar simplemente celebrando que lleva 50 años existiendo.
Está demostrando que todavía quiere estar aquí.
La producción evoluciona. Las historias se cuentan de otra manera. La tecnología se incorpora al espectáculo. Hay nuevos integrantes. Hay canciones que regresan después de décadas.
Pero cuando Bruce toma el micrófono y un estadio entero responde, queda claro que la esencia sigue intacta.
Porque la relevancia de Iron Maiden en 2026 no está solamente en todo lo que ya hizo.
Está en su capacidad para seguir emocionando a quienes llevan décadas escuchándolos y, al mismo tiempo, conseguir que nuevas generaciones quieran formar parte de la misma historia.
Cincuenta años después, Iron Maiden no está viviendo de su legado. Está llevándolo al presente.


































