Chula Vista, California.— Stone Temple Pilots y Godsmack llegaron al North Island Credit Union Amphitheatre con dos maneras muy distintas de entender un concierto. Una apostó por dejar que las canciones hablaran prácticamente por sí mismas; la otra convirtió el escenario en una extensión del espectáculo. Al final, ambas terminaron hablando de lo mismo: canciones que sobrevivieron a su época y una generación que todavía encuentra algo especial en escucharlas tocadas en vivo.
La noche también tuvo algo de encuentro generacional. Buena parte del público estaba formado por seguidores que conocieron a estas bandas cuando sus canciones comenzaron a formar parte de sus vidas, mientras que entre ellos aparecía una generación más joven que parecía haber heredado esos gustos. No era solamente nostalgia: había gente cantando, saltando y entrando a los mosh pits como si aquellas canciones todavía fueran parte de su presente.

En mi caso, Stone Temple Pilots tenía además un significado particular. Ya los había visto anteriormente con Scott Weiland, y volver a encontrarlos años después inevitablemente implicaba enfrentarse a esa comparación.
Jeff Gutt ha encontrado una manera de ocupar ese lugar sin intentar convertirse en Scott. Su voz conserva un timbre y una forma de interpretar que recuerdan al Stone Temple Pilots de los noventa, pero también hay una personalidad propia. Y eso, al menos desde lo que he podido ver en sus presentaciones, parece haber encontrado aceptación entre los seguidores.
La banda no necesita demasiado para conseguirlo. Su escenario prácticamente desnudo, con los instrumentos, los músicos y el enorme logotipo de STP como único elemento visual dominante, terminó siendo parte de la experiencia.
Y musicalmente ocurrió algo parecido.




Stone Temple Pilots sonó orgánico, crudo y muy cercano a lo que uno espera de una banda que construyó buena parte de su identidad durante los noventa. No todo tuvo que ser perfecto para funcionar. Había pequeñas asperezas, momentos menos precisos, pero también una sensación de honestidad que encajaba perfectamente con las canciones.
Abrir con “Dead & Bloated” fue suficiente para cambiar completamente la energía del lugar. Desde el PIT, la entrada se sintió enorme. Después llegaron “Wicked Garden”, “Vasoline”, “Big Bang Baby”, “Down”, “Big Empty”, “Plush” e “Interstate Love Song”, entre otras piezas que forman parte de la memoria colectiva de la banda.
Y ahí apareció uno de los momentos que más me quedo de la noche.
Cantar “Plush”, “Interstate Love Song” y “Vasoline” junto a mi hija convirtió el concierto en algo más que volver a escuchar canciones que conozco desde hace años. Fue también comprobar cómo una música que pertenece a una generación puede encontrar otra vida cuando alguien más joven la descubre, la hace suya y termina cantándola contigo.
Eso es precisamente lo que Stone Temple Pilots parece estar haciendo hoy: mantener vivo un repertorio que ya forma parte de la historia del rock sin tratar de esconder de dónde viene.
Después llegó Godsmack y el cambio fue evidente.
Si STP apostó por la austeridad, Godsmack hizo que el escenario pareciera mucho más grande de lo que realmente era. Luces, fuego, plataformas, elementos móviles, visuales y una producción mucho más elaborada acompañaron un sonido que, por sí solo, ya tiene una dimensión enorme.
Pero el centro de todo seguía siendo Sully Erna.


Hay algo distinto en verlo hoy. Su presencia conserva la fuerza de siempre, pero ahora está acompañada por una evidente conciencia de lo que significa llevar tantos años al frente de una banda. Habla, cuenta historias, explica canciones y comparte recuerdos. No parece interesado únicamente en demostrar que Godsmack todavía puede hacer mucho ruido; también quiere explicar por qué algunas de esas canciones siguen significando algo.
Uno de los mejores ejemplos apareció cuando tomó una guitarra que utilizó durante la grabación del primer álbum de Godsmack y habló de aquellos primeros años antes de utilizarla para interpretar “Keep Away”.
La canción dejó de ser solamente un éxito del pasado. Por unos minutos se convirtió en un objeto de memoria.
Contó que esa guitarra la compró en una casa de empeño por 80 dólares, era para el segundo guitarrista de la banda que no traía guitarra un dia de ensayo, este último terminó dejando la banda, pero la guitarra no, en su lugar fue el instrumento que se utilizo para grabar los éxitos del primer álbum. Sully explico la moraleja, no ocupas instrumentos caros o accesorios extravagantes, y la guitarra es la prueba, el talento y las ganas de lograrlo son suficientes
Y entonces llegó el poder característico de Godsmack.
“Surrender”, “You and I”, “1000hp”, “Straight Out of Line”, “Awake”, “When Legends Rise”, “The Oracle”, “Voodoo” y “Whatever” fueron construyendo un espectáculo que nunca perdió fuerza.
La presencia de Mike Mangini detrás de la batería agregó todavía más potencia, especialmente durante el duelo de percusiones, uno de los momentos visual y musicalmente más explosivos de la noche.
Pero el momento que más me sorprendió no fue necesariamente el más ruidoso.




Antes de “Under Your Scars”, Sully habló sobre la historia detrás de la canción y sobre el trabajo de la banda relacionado con la prevención del suicidio. El tono cambió completamente. Por unos minutos, el espectáculo dejó de tratarse de volumen, fuego o luces y se convirtió en una conversación mucho más humana con el público.
Después, Godsmack volvió a convertir el lugar en una fiesta.
“I Stand Alone” fue el cierre perfecto para su presentación. Sully pidió una y otra vez que el público cantara el coro y la respuesta fue inmediata. Miles de personas cantando al mismo tiempo, con la banda empujando la energía hasta el último momento.
Fue difícil imaginar un cierre más apropiado para una noche construida alrededor de la memoria, la energía y el legado.
Y quizá ahí estuvo la verdadera conexión entre Stone Temple Pilots y Godsmack.
Aunque sus propuestas fueron muy diferentes, las dos bandas demostraron que no necesitan fingir ser las mismas agrupaciones que eran hace décadas. STP encontró una manera de mantener sus canciones vivas con una formación que respeta su historia; Godsmack hizo lo propio desde una producción mucho más grande y con un frontman que parece cada vez más consciente del camino recorrido.
Sully también habló de algo que terminó funcionando como una especie de declaración de principios durante la noche: la importancia de que los padres lleven a sus hijos a los conciertos y mantengan viva esa experiencia. Habló de una generación que creció disfrutando de las bandas en vivo, de los pequeños errores y de tocar sin depender de una perfección artificial.
No hace falta convertir eso en una guerra contra la tecnología. El punto es mucho más sencillo: estar frente a una banda tocando en vivo sigue produciendo una sensación que ninguna pantalla puede reproducir exactamente.
Tal vez por eso funcionó tan bien la convivencia entre ambas bandas.
Stone Temple Pilots recordó cómo sonaba una parte del rock cuando todavía bastaba con una banda, sus instrumentos y unas canciones capaces de quedarse contigo durante décadas. Godsmack mostró cómo ese mismo vínculo puede crecer hasta convertirse en una experiencia mucho más grande, sin perder el contacto con quienes están frente al escenario.
Y entre las dos propuestas quedó algo que no pertenece exclusivamente a los noventa ni a los dosmiles.
Pertenece al público que sigue cantando.
A quienes llevan décadas haciéndolo.
Y a quienes apenas están comenzando.
Foto Galería:
STONE TEMPLE PILOTS







GODSMACK































