North Island Credit Union Amphitheatre, Chula Vista — 29 de agosto de 2026
Después de varias veces viendo a Muse en vivo, uno podría pensar que ya sabe qué esperar.
Una gran producción. Guitarras al frente. Electrónica. Ciencia ficción. Luces capaces de convertir un escenario en prácticamente cualquier cosa. Y tres músicos que, después de más de tres décadas, parecen tener perfectamente calculado cómo ocuparlo.
Pero The Wow! Signal Tour llegó a San Diego con una diferencia importante: Muse ya no necesita construir el escenario más grande de su carrera para demostrar su dimensión.
La producción fue más contenida que la de algunas de sus giras anteriores, pero también más enfocada en lo que realmente sostiene a la banda. El repertorio mezcló canciones nuevas con piezas de prácticamente todas sus etapas, mientras Matt Bellamy, Chris Wolstenholme y Dominic Howard demostraban algo que puede ser mucho más difícil que reinventarse: seguir evolucionando sin dejar de sonar como ellos mismos.
Y ahí está quizá la mejor manera de entender lo que ocurrió aquella noche en North Island Credit Union Amphitheatre.
Muse llegó a San Diego con un nuevo disco y, por consecuencia, con una nueva etapa.
The Wow! Signal, décimo álbum de estudio de la banda, explora ese territorio que Muse lleva años haciendo suyo: el espacio, la tecnología, lo desconocido, la ciencia ficción y la posibilidad de encontrarnos con algo que está mucho más allá de nosotros.
Pero la gira no convirtió el nuevo material en una frontera que obligara al público a dejar atrás todo lo anterior.
Al contrario.

“Cryogen”, “Hexagons”, “Unravelling” y “Be With You” encontraron su lugar entre canciones que llevan años formando parte de la identidad de Muse. “Hysteria”, “Supermassive Black Hole”, “Map of the Problematique”, “Psycho”, “Madness”, “Plug In Baby”, “Time Is Running Out”, “Uprising”, “Knights of Cydonia”, “Starlight” y “Take a Bow” recordaron que la historia de la banda no es algo que tengan que esconder para presentar lo que están haciendo ahora.
La diferencia está en que Muse no parece estar mirando hacia atrás para encontrar seguridad.
Está mirando hacia adelante llevando consigo todo lo que ya aprendió.
Eso también se reflejó en el público.
North Island recibió una audiencia numerosa y claramente entregada, aunque sin llegar a un lleno total. Había una presencia importante de adultos que crecieron escuchando a Muse durante las distintas etapas de su carrera, pero también jóvenes y familias completas.
Era fácil encontrar padres compartiendo el concierto con sus hijos.
Algunos de ellos probablemente habían descubierto a Muse cuando tenían la edad que ahora tienen sus hijos.
Y aunque el público conocía prácticamente cada movimiento del repertorio, la respuesta tuvo una particularidad: fue intensa, pero más contenida de lo que uno podría imaginar al pensar en una banda de esta magnitud.
La gente cantó, aplaudió, gritó y permaneció de pie durante buena parte del concierto. Hubo momentos de saltos y una conexión evidente con las canciones.
Pero no era una audiencia completamente desbordada.
Tal vez porque buena parte de quienes estaban ahí ya no tienen 20 años.
La relación con estas canciones ha cambiado.
Ya no se trata únicamente de descubrirlas o vivirlas por primera vez. Algunas forman parte de la vida de quienes las escuchan desde hace 15 o 20 años.
Por eso, cuando aparecieron “Hysteria”, “Supermassive Black Hole”, “Time Is Running Out”, “Uprising”, “Knights of Cydonia” o “Starlight”, la temperatura subió de manera evidente.
“Hysteria”, además, fue una elección particularmente efectiva para comenzar.
El bajo de Chris Wolstenholme apareció como una especie de declaración de principios: Muse todavía sabe exactamente dónde está su fuerza.

Y esa fuerza no depende únicamente de Matt Bellamy.
Bellamy continúa siendo uno de esos músicos cuya presencia se entiende mejor cuando comienza a tocar.
Su guitarra sigue siendo uno de los centros del espectáculo, pero lo verdaderamente impresionante está en la ejecución. Cada riff, cada cambio y cada transición parecían salir con una precisión absoluta. Saltó, se desplazó por el escenario, alternó entre guitarra, teclados y piano y mantuvo intacta una voz que continúa siendo uno de los elementos más reconocibles de Muse.
No hay una sensación de desgaste.
Hay experiencia.
Y quizá esa sea una de las mayores diferencias entre el Muse de hace 15 o 20 años y el que apareció en San Diego.
Bellamy ya no necesita demostrar que puede hacerlo.
Simplemente lo hace.
Wolstenholme, por su parte, tiene una presencia más contenida. No necesita ocupar físicamente todo el escenario porque su instrumento lo hace por él.
El bajo de Muse no está ahí solamente para acompañar.
Tiene peso, personalidad y, en canciones como “Hysteria”, una capacidad casi inmediata para apoderarse del espacio.
Su relación musical con Bellamy también sigue siendo fundamental. Guitarra y bajo se cruzan constantemente, intercambian protagonismo y construyen buena parte de la tensión que hace reconocible al grupo.
Y después está Dominic Howard.
Verlo tocar sigue siendo uno de los grandes placeres de un concierto de Muse.
Su batería acrílica transparente, iluminada desde distintos ángulos, era visualmente espectacular, pero nuevamente el verdadero espectáculo estaba en el músico.
Howard puede pasar de la contundencia del rock a los pasajes electrónicos sin perder precisión. Su batería sostiene incluso las canciones en las que el sonido de Muse parece alejarse más de sus raíces rockeras.
Y hay algo particularmente llamativo en él: casi siempre parece estar disfrutándolo.
Sonríe.
Se mueve.
Interactúa musicalmente con sus compañeros.

Y aunque la producción es enorme, existe una sensación muy clara de que estos tres músicos se conocen tan bien que pueden moverse alrededor del otro sin necesidad de llamar la atención sobre ello.
No hay exceso.
No hay competencia entre ellos.
Hay una banda funcionando como una unidad.
Incluso cuando la producción entra en juego.
Quienes han visto a Muse durante las eras de The Resistance, The 2nd Law o Drones probablemente recuerdan escenarios mucho más monumentales. Estructuras gigantes, conceptos visuales más complejos y una escala que convertía el concierto prácticamente en una experiencia teatral.
The Wow! Signal Tour es diferente.
En North Island, la estructura principal era mucho más contenida: una plataforma para Howard, una pasarela corta y múltiples pantallas móviles que podían subir, bajar y cambiar la configuración del escenario durante el concierto.
No había una gigantesca pantalla dominándolo todo.
Y eso terminó beneficiando al espectáculo.
Las pantallas aparecían como elementos independientes. Se movían, se agrupaban, desaparecían y volvían a formar distintas composiciones dependiendo de la canción.
Las proyecciones reforzaban esa estética espacial y futurista que acompaña al nuevo disco, con imágenes que podían sentirse tecnológicas, alienígenas o directamente extraídas de algún rincón del universo Muse.
Pero las luces fueron probablemente el elemento visual más importante.
No estaban ahí solamente para hacer que el escenario se viera espectacular.
Respondían a la música.
Cambiaban de intensidad, color, dirección y movimiento dependiendo de lo que estaba ocurriendo en el escenario. Humo, láseres, pirotecnia, confeti y serpentinas aparecieron en los momentos adecuados sin convertirse en el centro de atención.
Eso es algo que Muse entiende particularmente bien.

El espectáculo puede ser enorme sin tener que competir con la banda.
La producción está para hacer que la música se vea tan grande como suena.
Y en esta ocasión, esa relación funcionó especialmente bien.
El resultado fue una experiencia visualmente futurista, pero al mismo tiempo mucho más cercana a los músicos que algunas de sus producciones anteriores.
Eso permitió que el concierto conservara algo que fácilmente podría perderse cuando una banda alcanza el tamaño de Muse: la sensación de estar viendo a un grupo tocar.
No una maquinaria.
No una producción con músicos dentro.
Una banda.
Por momentos, incluso parecía que todo el escenario estaba diseñado alrededor de esa idea.
Bellamy y Wolstenholme podían intercambiar espacios, acercarse, alejarse y encontrarse alrededor de Howard mientras las pantallas modificaban el paisaje detrás de ellos.
Y ahí aparece otra característica de Muse: después de tantos años, su precisión es tan alta que incluso sus momentos de mayor libertad parecen perfectamente controlados.
Es difícil saber dónde termina la ejecución y dónde comienza la improvisación.
Probablemente porque, en una banda así de técnica, hasta la improvisación puede parecer ensayada.
Pero esa perfección no hace que el concierto se sienta frío.
Al contrario.
Hace posible que los tres músicos puedan concentrarse en lo que realmente quieren transmitir.
The Wow! Signal tampoco representa una ruptura con lo que Muse ha sido.
Es otra pieza de ese universo.

La banda lleva años mezclando rock, electrónica, ciencia ficción, grandiosidad y experimentación. El nuevo álbum no elimina esas características; las lleva a otro lugar.
Por eso las canciones nuevas pudieron convivir con material de distintas épocas sin sentirse completamente fuera de contexto.
Muse no está intentando convertirse en otra banda.
Está tomando elementos que ya forman parte de su lenguaje y encontrando nuevas maneras de combinarlos.
Eso también explica por qué la gira mira hacia adelante sin depender exclusivamente de los clásicos.
Las canciones antiguas provocaron las reacciones más fuertes, sí.
Pero las nuevas fueron recibidas con una familiaridad que resulta interesante.
Algunas personas ya las conocían.
Otras las estaban escuchando por primera vez en vivo.
Y aun así, no se sintieron como una pausa mientras llegaba la siguiente canción conocida.
Eso es importante para una banda que lleva más de 30 años de carrera.
Porque mantener vigente el pasado es relativamente sencillo cuando tienes canciones que el público quiere escuchar.
Lo difícil es conseguir que el público también quiera saber qué sigue.
Muse parece haberlo conseguido.
Y quizá esa sea la verdadera razón por la que The Wow! Signal funciona dentro de su historia.
No intenta borrar lo anterior.
Lo amplía.

Después de haber visto a Muse varias veces, tampoco podría decir que el concierto representó un descubrimiento completamente nuevo.
Ya conozco su capacidad técnica.
Ya conozco sus grandes producciones.
Ya conozco la precisión de Bellamy, la contundencia de Wolstenholme y la manera en que Howard puede sostener toda la estructura desde atrás.
Pero esta vez hubo algo diferente en la forma de mirar el espectáculo.
North Island no es precisamente el escenario ideal para construir una de esas enormes estructuras móviles que Muse ha utilizado en otras etapas.
Y quizá por eso la banda encontró una solución más interesante.
Reducir la escala sin reducir la experiencia.
El resultado fue un concierto que se sintió menos como una exhibición de producción y más como una demostración de que Muse puede llenar un escenario con sus músicos antes que con sus estructuras.
Y para mí, hubo una imagen que terminó teniendo más peso que cualquiera de las pantallas, los láseres o la pirotecnia.
Estar en el pit fotografiando a Muse mientras “Hysteria” comenzaba.
Escuchar ese bajo.
Ver a Bellamy tomar la guitarra.
Y, al mismo tiempo, compartir el concierto con mis hijas, que estaban viviendo por primera vez la experiencia de ver a Muse en vivo.
Ahí apareció una dimensión distinta de la noche.
Porque mientras yo estaba viendo a una banda que he seguido durante diferentes etapas de su carrera, ellas estaban descubriendo por primera vez lo que significa ver a Muse sobre un escenario.

Y probablemente no éramos los únicos.
En un concierto donde buena parte del público parecía pertenecer a una generación que creció con la banda, había muchas otras familias viviendo algo parecido.
La música que acompañó a una generación estaba comenzando a formar recuerdos en otra.
Eso dice mucho de Muse en 2026.
No es una banda intentando recuperar la juventud.
Tampoco necesita vivir permanentemente de ella.
Es una banda cuyo público creció con ella y que ahora tiene la capacidad de incorporar nuevas generaciones sin abandonar su identidad.
El tiempo no convirtió a Muse en una versión nostálgica de sí misma.
La hizo más completa.
The Wow! Signal Tour mira hacia el futuro, pero no necesita negar el pasado para hacerlo.
Y después de tantos años, quizá esa sea la evolución más difícil de conseguir:
seguir cambiando sin dejar de ser reconocible.
Muse ya encontró su lenguaje hace mucho tiempo.
Ahora simplemente sigue agregando palabras.
Y en San Diego volvió a demostrar que una banda puede reducir el tamaño de su espectáculo sin reducir su dimensión.
Porque cuando Bellamy, Wolstenholme y Howard toman el escenario, la producción puede ser futurista, las pantallas pueden moverse, los láseres pueden cruzar el aire y el confeti puede caer sobre el público.
Pero al final, siguen siendo ellos quienes hacen que todo funcione.
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