Chula Vista, California | North Island Credit Union Amphitheatre
Hay algo particular en volver a ver a un artista cuya música forma parte de la memoria colectiva. Ya no existe la expectativa de descubrir qué puede hacer sobre un escenario; lo que queda es observar cómo un músico con más de cinco décadas de trayectoria continúa encontrando significado en aquello que ha hecho durante toda su vida.
Carlos Santana regresó al área de San Diego con el Oneness Tour 2026, acompañado en esta gira por The Doobie Brothers, en una celebración que recorre algunos de los momentos más reconocibles de una carrera que atravesó generaciones y convirtió su mezcla de rock, blues y raíces afro-latinas en un lenguaje propio. La gira fue concebida precisamente como un recorrido por los grandes éxitos de Santana, desde la época de Abraxas y Woodstock hasta Supernatural y los años posteriores.
Para Santana, sin embargo, hablar de una gira de éxitos casi resulta redundante.

Su repertorio está construido alrededor de canciones que se convirtieron en parte de la historia de la música: “Soul Sacrifice”, “Evil Ways”, “Black Magic Woman/Gypsy Queen”, “Oye Como Va”, “Samba Pa Ti”, “The Game of Love”, “Corazón Espinado”, “Maria Maria” y, finalmente, “Smooth”. En Chula Vista, el recorrido volvió a pasar por buena parte de ese catálogo.
La respuesta del público estuvo a la altura del legado.
El North Island Credit Union Amphitheatre recibió a una audiencia mayoritariamente adulta, aunque con una presencia significativa de generaciones más jóvenes. No todos respondían de la misma manera: algunos bailaban, otros simplemente permanecían atentos al escenario, disfrutando de la música sin necesidad de convertir cada canción en un momento de euforia.
La energía estaba en otro lugar.
Era la energía de estar frente a un músico que forma parte de la historia.
Santana tampoco necesitó recorrer el escenario para dominarlo. A sus 79 años, su movilidad es mucho más limitada que en otras etapas de su carrera y pasó buena parte de la presentación sentado. En algunos momentos se levantó para acercarse al micrófono, acompañar los coros o tomar las maracas.
Pero su presencia no dependía del movimiento.
Cuando tomaba la guitarra, el escenario volvía a organizarse alrededor de él.

A su alrededor, músicos de enorme nivel construyeron durante toda la noche una base precisa y cohesionada. La comunicación entre ellos parecía ocurrir casi sin palabras. Después de tantos años compartiendo escenarios, bastaban algunas miradas para entenderse.
Uno de los momentos que mejor reflejó esa relación ocurrió durante el solo de batería de Cindy Blackman Santana.
Carlos permaneció atento mientras su esposa desplegaba una demostración de técnica y energía que terminó convirtiéndose en uno de los momentos musicales más memorables de la noche. Después, la banda retomó el escenario para conducir la presentación hacia su tramo final. El propio setlist oficial de Santana coloca el segmento de “Toussaint L’Ouverture”, el solo de Cindy y la presentación de la banda antes de “Smooth”, el cierre del concierto.
Pero si existe un elemento que permanece intacto en un concierto de Santana, incluso después de tantos años, es su mensaje.
Entre canciones, Carlos habló nuevamente de la unidad, la hermandad y la necesidad de dejar atrás las divisiones. En uno de sus mensajes recordó que suele repetir la idea de que algún día las fronteras desaparecerán y que las personas dejarán de dividirse entre sí.
No era un discurso nuevo.
Él mismo lo reconoció.
Pero en el contexto de una gira llamada Oneness, la repetición adquiere otro significado.
Santana no parece interesado en reinventar ese mensaje cada noche. Lo ha convertido en parte inseparable de su música.
Más adelante, al recordar sus primeros años tocando en Tijuana y en la Avenida Revolución, apareció otra faceta de esa historia. Con humor recordó aquellos tiempos en los que tocaba por tacos o cerveza y contrastó aquella etapa con el lugar que ocupa actualmente en su vida.
Después habló de algo mucho más personal: dejar atrás las “chingaderas”, entendidas como esas actitudes, inseguridades y pensamientos que nos mantienen detenidos. Recordó al público que somos los directores de nuestra propia película y que podemos decidir hacia dónde llevar nuestra vida.
Fue probablemente el momento en que el nombre de la gira dejó de ser solamente un concepto promocional.

Oneness apareció como una filosofía.
Y ahí es donde Santana continúa siendo diferente.
Porque mientras la música celebra canciones que llevan décadas formando parte de nuestras vidas, el hombre detrás de ellas sigue utilizando el escenario para hablar de algo que considera todavía pendiente: la necesidad de reconocernos como parte de algo más grande que nosotros mismos.
Musicalmente, la noche siguió un camino conocido, pero eso no significa que haya sido una presentación vacía de sorpresas.
Con Santana, precisamente, la familiaridad es parte de la experiencia.
Los solos de guitarra, las percusiones, los cambios de ritmo y esa combinación de músicos que parecen conocerse de memoria producen una sensación de continuidad. No existe la necesidad de demostrar que la banda puede tocar estas canciones.
Las toca porque todavía forman parte de ella.
Y quizá eso sea lo más significativo de observar a Santana hoy.
No parece estar celebrando únicamente su pasado.
Está celebrando el hecho de seguir presente.
Las canciones que alguna vez fueron novedades ahora son patrimonio musical; los músicos que alguna vez acompañaron el ascenso de Santana se convirtieron en parte de una historia que continúa incorporando nuevas generaciones; y el público que alguna vez llegó para escuchar los grandes éxitos ahora comparte esas canciones con personas que quizá las descubrieron mucho después.
Eso convierte cada concierto en algo parecido a un puente.
Entre generaciones.
Entre culturas.
Entre distintas etapas de una misma vida.
Para quien lo observa desde la cámara, también existe algo difícil de explicar.
Siempre es un privilegio fotografiar a Carlos Santana.
Pero escucharlo tocar mientras el resto de los músicos construye alrededor de su guitarra las melodías y ritmos que han definido su carrera produce una sensación que permanece intacta, incluso después de haberlo visto varias veces.
La primera vez puede existir la sorpresa.
La cuarta vez queda otra cosa:
la gratitud de seguir teniendo la oportunidad de verlo.
Carlos Santana no necesita moverse demasiado para recordar quién es.
Su guitarra sigue hablando.
Y mientras esa voz continúe sonando, el mensaje que ha repetido durante décadas —paz, unidad, hermandad— seguirá encontrando un escenario desde el cual ser escuchado.
Eso es Oneness.
No solamente estar juntos durante una noche.
Sino recordar, a través de la música, que todavía podemos reconocernos como parte de la misma humanidad.
Foto Galería:

































